La sociedad del siglo XIX ya no es la sociedad disciplinaria, sino la sociedad del rendimiento. Sus habitantes ya no se llaman “sujetos forzados a obedecer”, sino que están forzados a rendir.
En la sociedad actual, el homo sapiens ha evolucionado a homo laborans, el animal que trabaja.
Hannah Arendt definia el homo laborans como el ser humano centrado en el ciclo biológico de producción y consumo, ligado a la necesidad.
Para Arendt, el humano tiene tres registros.
El primero es la labor, la actividad que nos mantiene con vida, como comer, reproducirnos u otras actividades vitales, que se encuentran ligadas a la necesidad, y que el sujeto de ello es el animal laborans.
En segundo lugar el trabajo, como obra y fabricación, el homo faber. Se trata de hacer cosas que perduran en el tiempo, como casas, herramientas, instituciones, ideas. Aparece la finalidad y el mundo, como espacio compartido.
En tercer lugar está la acción política, que nos otorga pluralidad, y es la dimensión de la libertad.
El problema no es el trabajo del homo faber, es el olvido de que somos más que nuestro trabajo. Y que cuando la vida se transforma en una producción continua, la consciencia se apaga, perdemos el sentido y el individuo se disuelve en la masa.
Por su parte, Byung-Chul Han, la labor ya no está ligada unicamente a la necesidad, sino que el rendimiento está vinculado a la positividad y la optimización, viviendo esclavizados por las comparaciones, la culpa por descansar, y la productividad. Por la hiperactividad.
Hoy nos define nuestro trabajo. Lo primero que contestamos tras la pregunta «¿Tú quién eres?» es a qué nos dedicamos profesionalmente, enmarcando toda nuestra vida y propósito en un único fin, enarbolando la faceta productiva.
Nos convertimos en nuestros propios explotadores. El explotador y el explotado se unen en una única figura, pero tenemos una falsa sensación de libertad. Lo único que importa es rendir, maximizar y optimizar.
Pero nos olvidamos del ser.

Vivimos alienados del sentido, como si la vida fuera un medio de producción, y no un medio de vida, para vivir.
Vivimos alienados de la consciencia, dado que parece que no habitamos el presente, sino que vamos de con el piloto automático, sin cuestionar, sin ser críticos.
Vivimos alienados de la individualidad, donde dejamos de ser sujetos críticos y nos convertimos en funciones, como la profesión o nuestro rol.
Por otra parte, hemos caído en las garras de otros animal laborans contemporaneo.
La sociedad del consumo nos bombardea, física y psicológicamente, con basura. Tenemos problemas de concentración. No toleramos el aburrimiento; nuestra concentración se encuentra mermada hasta lo absurdo.
Y el aburrimiento profundo es necesario para la creación: espacio de ideas, de pensamientos.
El peligro es que se incentiva a “rellenar huecos”, a “matar el tiempo”. Ya no prima la calidad, el buscar la excelencia. Ahora, prima el “pasar el tiempo”, en tener la mente entretenida, en no pensar, en una sobreestimulación dopamínica constante.
Hoy en día se prefiere una película a un libro. Un vídeo a una película. Un TikTok a un vídeo.

Somos dependientes del smartphone. No podemos, simplemente, tener una conversación sin comprobar las notificaciones.
“Nunca se es más activo que cuando no se hace nada; nunca se está menos solo que cuando se está consigo mismo” Catón.
Tal como decía Nietzsche, tenemos que acostumbrarnos a la calma, a tener paciencia para que las cosas lleguen, a no reaccionar enseguida a un estímulo.
En la sociedad actual, debemos desaprender a ser masa y aprender a ser uno mismo, más allá del homo laborans.
Nuestra lucha, es recuperar la libertad interior como una capacidad de parar, de observar, de discernir y de orientar nuestra vida hacia el sentido, que seamos capaces de darle sentido propio por nosotros mismos, y no porque la sociedad nos lo imponga.
Decía Ehrenberg que las depresiones son causa del imperativo de rendir, de la obligación del rendimiento.
La depresión se desencadena cuando el sujeto de rendimiento ya no es capaz de producir más. Comienza una fatiga para crear.
Ya no ser capaz de poder hacer más induce a hacerse autorreproches destructivos y autoagresiones.
Ehrenberg afirma que la depresión se basa en un conflicto oculto, que con los antidepresivos todavía se relega más a un segundo plano.
En las sociedades disciplinarias, la patología típica eran las neurosis, derivadas de la culpa, la prohibición, el conflicto y la represión. Sin embargo, en las sociedades del rendimiento, el sufrimiento viene de no lograr pasar de la potencia (dýnamis) al acto (enérgeia).
La depresión aparece como fatiga, inhibición de la acción, pérdida de impulso y sobre todo por sentimiento de insuficiencia.

Es la crisis de la autocapacidad.
El homo laborans no tolera sentimientos negativos que conducirán a un conflicto.
La presión para rendir inhibe tales sentimientos, convirtiendo al sujeto en incapaz de afrontar dichos conflictos, pues le llevaría demasiado tiempo.
Es más fácil recurrir a los antidepresivos, que enseguida devuelven a uno la capacidad de funcionar y rendir.
Por otra parte, hemos cambiado el norte. La vida ahora trata de producir. Y hemos perdido el tiempo de sentir y, lo más importante en la vida, lo único que importa: alcanzar los momentos de felicidad.
Y esta felicidad, pasa por tener libertad, que a su vez, requiere de dos vías.
La vía de la disciplina, con límites y con higiene de la atención, que involucra tiempo de calidad, descanso de pantallas, descanso de hiperinformación y silencio.
Y la vía de la comprensión, donde entendemos que es lo que está pasando, qué es lo que realmente quiero, y si estoy construyendo mi vida en esta dirección.
Los festivos son un tiempo que no transcurre, en un sentido especial y sublime.
La fiesta es un acontecimiento donde uno está con los dioses, pues estos no producen ni trabajan.
Por tanto, mientras trabajamos y producimos, ni estamos con los dioses ni somos divinos.
Hoy, el tiempo sublime ha desaparecido en pos de un tiempo laboral que hay que rellenar, y que se mueve entre el aburrimiento y la laboriosidad. En la fiesta, por el contrario, se alcanza un momento de intensidad vital potenciada.
Nos movemos bailando entre metas. Creemos que la felicidad llegará cuando tengamos la casa o la paguemos, cuando compremos un coche, cuando tengamos un hijo.
Pero esto revela que hemos perdido el rumbo.
La felicidad es un estado pasajero, momentáneo y sublime.
La felicidad es una disposición interna, como un continuo, mientras que a la vez se ve intensificada por aquellas experiencias de intensidad.
La felicidad no depende de eventos externos. Es una forma de vivir, de ver la vida.
La felicidad es saber apreciar un paseo en un día soleado.
Deleitarse con el café del lunes por la mañana.
Disfrutar de una conversación con un hermano, un padre o un hijo.

La felicidad es la capacidad de gozar de las pequeñas cosas del ahora, de la vida.
La felicidad es estar presente, vivir ahora, ni en el futuro ni en el pasado, sino en el momento viviente.
La vida va de ser feliz en el presente, no de esperar la felicidad.
Se puede ser feliz mientras se espera la felicidad.
