Notas: La sociedad del cansancio – Byung-Chul Han

A continuación, adjunto un compendio de las notas y su posterior reflexión del libro «La sociedad del cansancio», que, personalmente, me han parecido más interesantes, además del propio recorrido del libro y del aprendizaje obtenido.

Mi nota para este libro es de 5/5.

 

Los comienzos del siglo XXI han sido neuronales. Enfermedades neuronales como la depresión, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de la personalidad o el síndrome de desgaste laboral o burnout son los que definen el panorama patológico de este siglo. No son infecciones, sino infartos.

Lo que más caracteriza a la inmunidad es la dialéctica de la negatividad. Lo inmunológicamente distinto es la negativa que se infiltra en lo propio y trata de negarlo. Si lo propio no es capaz de negar la negatividad de lo distinto, sucumbe bajo ella.

La positivización del mundo hace que surjan nuevas formas de violencia. Son tipos de violencia que no provienen de lo inmunológicamente distinto, sino que son inmanentes al propio sistema.
La violencia neuronal, causante de infartos psíquicos, es un terror de la inmanencia, que se distingue radicalmente del horror que provoca lo extraño en un sentido inmunológico.

La sociedad de nuestro siglo XXI ya no es la sociedad disciplinaria, sino la sociedad del rendimiento.
Tampoco sus habitantes se llaman “sujetos forzados a obedecer”, sino que son forzados a aportar rendimiento.

El éxito de la depresión arranca en el momento en que el modelo disciplinario de control de las conductas, que a base de prohibiciones asignadas autoritariamente sus funciones a las clases sociales y a ambos sexos, ha cedido a las normas que impelen a cada uno a la iniciativa personal y la obligan a ser sí mismo. El deprimido no está a la altura, está cansado del esfuerzo de tener que ser sí mismo.

Según Ehrenberg, las depresiones se multiplican cuando los mandatos y las prohibiciones de la sociedad disciplinaria son sustituidos por la responsabilidad y la iniciativa personal.
En realidad, lo que nos enferma no es el exceso de responsabilidad y de iniciativa, sino el imperativo del rendimiento, la obligación de rendir, que viene a ser el nuevo mandamiento de la sociedad laboral en la modernidad tardía.

El hombre depresivo es aquel animal laborans que se explota a sí mismo y que, por encima, lo hace voluntariamente sin que otros le obligan.
La depresión se desencadena en el momento en que el sujeto de rendimiento ya no es capaz de poder más. La depresión comienza como una fatiga para crear y un cansancio para poder hacer nada.

Que un individuo depresivo se lamente de que nada es posible solo puede suceder en una sociedad que cree que nada es imposible. Ya no ser capaz de poder más induce a hacerse autoreproches destructivos y las autoagresiones.

La multitarea o multitasking, que es una técnica para administrar tiempo y centrar la atención, no representa ningún avance civilizatorio. La multitarea no es una habilidad exclusiva del hombre de la sociedad laboral e informativa de la modernidad tardía, sino que más bien representa un retroceso

La hiperatención.
La atención dispersa se caracteriza porque cambia rápidamente su foco entre diferentes tareas, fuentes informativas y procesos. Como también tolera muy mal el aburrimiento, no admite aquel aburrimiento profundo que no dejaría de tener su importancia para el proceso creativo.

Si el sueño es el culmen de las relaciones corporales, el aburrimiento profundo sería el culmen de la relajación espiritual.

El mundo ha perdido en general su carácter narrativo, y eso intensifica la sensación de caducidad y hace que el vivir se degrade a nuda vida.

Según Agamben, el homo sacer representa una vida que se puede matar sin más.

Según Arendt, la sociedad moderna como sociedad laboral elimina toda posibilidad de actuar en el sentido recién explicado, al degradar al ser humano a animal laborans, a animal que trabaja.

Los muselmann eran reclusos consumidos y emaciados que, al igual que las personas que sufren depresiones agudas, habían caído en una apatía absoluta y ni siquiera eran capaces de distinguir entre el frío físico y las órdenes de los vigilantes.

“Nunca se es más activo que cuando no se hace nada; nunca se está menos solo que cuando se está consigo mismo” Catón

No es la vida activa, sino la vida contemplativa la que convierte al hombre en lo que debe ser.

En “Crepúsculo de los ídolos”, Nietzsche formula 3 tareas para las que se requieren educadores.

Hay que aprender a mirar, hay que aprender a pensar, y hay que aprender a hablar y a escribir.
El objetivo de este aprendizaje sería adquirir una cultura noble.

Aprender a mirar significa “hacer que el ojo se acostumbre a la calma, a la paciencia de esperar hasta que las cosas le lleguen”.

Hay que aprender a “no reaccionar enseguida a un estímulo, sino a manejar los instintos de inhibición y de moldeamiento.

Reaccionar enseguida a cualquier impulso y dejarse llevar por él supondrían ya una enfermedad, un deterioro, un síntoma de agotamiento.

La positivización generalizada del mundo acarrea que tanto el hombre como la sociedad se transforman en máquinas autistas de rendimiento.

Hay dos formas de potencia. La potencia positiva es la facultad de hacer algo. En cambio, la potencia negativa es la facultad de no hacer algo, como diría Nietzsche, la facultad de decir que no.

Un rendimiento excesivo del rendimiento provoca el infarto del alma. El cansancio de la sociedad del rendimiento es un agotamiento solitario que individualiza y aísla.

El cansancio de que habla Handke no es una fatiga del yo, no es un agotamiento de un yo extenuado, sino lo que él llama un “cansancio del nosotros”. Cuando esta lasitud me invade, ya no estoy cansado de ti, sino, como dice Handke, cansado para ti.

Nos quedábamos sentados, que yo recuerde, siempre afuera, al sol de la tarde y, hablando o en silencio, disfrutábamos del cansancio compartido. En aquel momento nos unía una nube de conciencia, de lasitud etérea.

La sociedad de hoy no es primariamente una sociedad disciplinaria, sino una sociedad del rendimiento que cada vez se libera más de la negatividad de las prohibiciones y los mandatos y se hace pasar por una sociedad de la libertad.

Según Ehrenberg, el éxito de la depresión se debe a que se ha perdido la capacidad de afrontar conflictos, en la que se basaba la noción de sujeto, que nos legó el final del siglo XIX.

Según Ehrenberg, la depresión se basa en un conflicto oculto, que con los antidepresivos todavía se relega más a un segundo plano.

El sujeto del rendimiento no tolera los sentimientos negativos que conducirán a un conflicto.

La presión para rendir inhibe tales sentimientos.

Dicho sujeto ya no es capaz de afrontar los conflictos, pues solo le llevaría demasiado tiempo. Es más fácil recurrir a los antidepresivos, que enseguida le devuelven a uno la capacidad de funcionar y rendir.

El tiempo festivo es un tiempo que no transcurre. Es, en un sentido especial, sublime.

La fiesta es el acontecimiento, el lugar donde uno está entre los dioses, e incluso donde uno mismo se vuelve divino.

Originalmente los ritos sacrificiales eran ágapes compartidos por hombres y dioses; las fiestas y los rituales nos abren las puertas de lo divino.

Mientras trabajamos y producimos no estamos con los dioses ni somos divinos. Los dioses no producen ni trabajan.

La desaceleración no basta para generar un tiempo sublime. El tiempo sublime no se puede acelerar ni desacelerar.

Tanto la fiesta como las celebraciones tienen un origen religioso. La fiesta comienza cuando termina el profano tiempo cotidiano (profano significa literalmente que “queda delante del recinto sagrado”).

Hoy ha desaparecido por completo el tiempo sublime en favor del tiempo laboral que se absolutiza. Incluso la pausa se integra en el tiempo laboral. Sirve para descansar del trabajo y que podamos seguir funcionando.

El tiempo sublime es un tiempo pleno, a diferencia del tiempo laboral que hay que rellenar y que se mueve entre el aburrimiento y la laboriosidad. En la fiesta, por el contrario, se alcanza un momento de intensidad vital potenciada.

Nos explotamos a nosotros mismos. El explotador es al mismo tiempo el explotado. Nos matamos a base de funcionar mejor.

La autoexplotación es más eficaz que la explotación externa, pues conlleva una sensación de libertad. Se da la paradoja de que el primer síntoma del burnout es la euforia. Uno se lanza con euforia al trabajo.

Giorgio Agamben. “Profanación” significa destinar cosas a un uso distinto y más libre, asignándoles una finalidad ajena y sacándolas de su red funcional original.

El ruido de la comunicación ha sofocado el silencio. La proliferación y la masificación de las cosas han desbancado al vacío. Este mundo de mercancías no es para habitar.

Ha perdido toda referencia a lo divino, a lo sagrado, al misterio, a lo superior, o a lo infinito, a lo sublime. También hemos perdido la capacidad de asombrarnos. Vivimos en unos grandes almacenes transparentes donde nos vigilan y controlan como si fuéramos clientes transparentes. Tendríamos que escapar de estos grandes almacenes

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