Vive y deja vivir: por qué soy vegetariano

En este artículo voy a explicar por qué soy vegetariano y por qué no creo que pueda dejar de serlo.

Hace ya 10 años que comí mi último trozo de carne. Al principio, esta decisión estaba basada en una “prueba” o reto de seguir una dieta vegana durante un único mes.

Sin embargo, durante estos diez años me he dado cuenta de que esta decisión la tomé mucho, mucho tiempo atrás.

Desde pequeño, he tenido una gran empatía y conexión con la naturaleza. Soy un introvertido de manual que, con entrenamiento y motivación, me he dotado de ciertas habilidades (básicas pero funcionales) para la extroversión y una mejor relación social.

Quizá por ello me siento más cómodo rodeado de naturaleza, bosques y montañas que de cemento y personas.

Pero ahora sé el punto exacto donde decidí que en algún momento dejaría de comer carne.

El momento exacto

Fue un día, de niño, volviendo del dentista.

Yo tendría sobre 7 u 8 años.

Volvíamos con el coche por el camino que conectaba con mi pueblo.

De repente, se cruzó un conejo en medio del camino y lo atropellamos.

A pesar de la frecuencia de estos atropellos (en mi zona ha habido y sigue habiendo una plaga de estos animales, por lo que es frecuente este tipo de accidentes), algo se disparó, y recuerdo pasarme el resto del trayecto y un largo rato en casa con un llanto intenso, insaciable.

En ese momento no lo sabía, pero justo ese instante plantaría la semilla que, una década más tarde, me hizo tomar la decisión de no comer carne nunca más.

En mi caso, es una decisión puramente moral.

Estudié y me aseguré de que dietéticamente no hubiera problemas, y en ese momento todo empezó.

Desde entonces he seguido la máxima de “vive y deja vivir”.

Filosofía e incoherencias

Mi filosofía es simple: vivir haciendo el menor impacto posible, entendiendo este como dolor provocado; y el límite es hasta donde me sienta cómodo y sea factible.

Reconozco incoherencias en mi moral y actitud.

¿Por qué no ser directamente vegano?

Soy consciente de que la leche de vaca, los huevos o la miel producen un impacto y un dolor, quizá no tan directo como el quitar una vida, pero aun así se produce dicho dolor en su ciclo de creación.

Y la respuesta es dura y directa: por egoísmo.

Es donde pongo mi límite. Porque es lo más cómodo para mí, para mi vida social y donde se encuentra el equilibrio entre complejidad y utilidad.

Déjame explicarte.

Como vegano, se me complicaba mucho hacer vida social. Tener que mirar siempre con lupa los restaurantes, limitarme a ciertos sitios o condicionar por mis decisiones a otras personas me resultaba demasiado incómodo.

Como vegetariano, es cierto que en cualquier sitio puedes comer una tortilla a la francesa o, aunque sea, un trozo de pan con queso…

Esta es una de las razones.

Otra es que, al vivir en un pueblo y tener campo en mi familia, siempre hemos contado con un corral de 4 o 5 gallinas. A estas siempre se les ha tratado bien, y se las sigue tratando, ya que soy yo mismo quien las cuida actualmente; salen al campo a comer gusanos, caracoles o plantas.

Por tanto, para mí en particular, no encuentro ningún impedimento moral ni ético al consumo del huevo de mis gallinas, que, además de ser un alimento espectacular, tiene mucha versatilidad.

Es cierto que, de nuevo, encuentro hipocresía en mí, pues en demasiadas ocasiones compro huevos en supermercados o en granjas industriales únicamente por motivos económicos. Pero soy sincero: para mí estas acciones están en el equilibrio y me resultan una incomodidad mentalmente tolerable.

Sin embargo, soy un vegetariano particular. Y lo que voy a decir a continuación puede que choque.

 

Vegetariano particular

Pero yo como paella de carne, fideuá u otros platos que pueden llevar carne.

Obviamente, la carne o el pescado los dejo a un lado y, si tengo opción, no como de dichas comidas dentro de lo razonable.

El razonamiento es doble.

Por una parte, no quiero que mis acciones recaigan sobre otros hombros, dentro de lo posible, como he comentado, limitando o condicionando a otras personas.

Por otra, yo no como la carne y, por tanto, cuando se compran o adquieren los ingredientes para dichas comidas, me obvian; es decir, no cuentan conmigo para la cantidad de carne.

Es decir, a modo de ejemplo, si una paella es para 10 personas, compran carne para 9 y, por mi parte, me añaden un puñado extra de arroz que sustituye la carne.

Por lo que no contribuyo al dolor y la muerte de dichos seres, y reduzco la interferencia de mis decisiones en otras personas.

Quiero recalcar que a mí, personalmente, el sabor de la carne (y del pescado) me encanta. No tengo problema. Pero siempre me viene la siguiente pregunta:

La pregunta es...

¿Por qué debería acabar con una vida cuando puedo vivir y subsistir sin realizar tal acto?

Y ahora, consciente de mi propia hipocresía y límites, voy a ser claro.

Para mí, comer carne es un delito.

Pero no demonizo a quien lo hace. Es más, puedo entablar perfectamente (y lo agradezco) una conversación con alguien que piense exactamente lo contrario.

Esta máxima solo me la aplico a mí mismo y, por tanto, debería reformular y precisar:

Que yo coma carne, cuando no me es menester para mi salud y supervivencia, y teniendo en cuenta que he nacido y vivo en un lugar y situación donde me lo puedo permitir, es innecesario y, por tanto, un delito.

Por tanto, no comer carne es parte de mi ser, de la cual no sé si en algún punto de mi vida me pueda desprender, aunque sospecho que será parte de mí hasta mi muerte.

Y es que, hablando a nivel moral, para mí se comete un holocausto animal. Somos insensibles al dolor de lo que nosotros hemos catalogado como especies inferiores tan solo porque, en promedio, son unos puntos menores en inteligencia, y esos puntos nos han permitido evolucionar hasta el punto actual.

Pero esa superioridad yo la interpreto también como la capacidad de cuidar toda la vida.

Y siempre tiene que existir un límite, y para mí es que aquello que me nutra no tenga sistema nervioso y, por tanto, no pueda tener dolor, o al menos minimizarlo al máximo posible.

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