El deber moral

Nos empeñamos en arreglar el mundo, en juzgarlo, y dictaminar sentencia.

Mientras leía el libro “El cerdo que quería ser jamón”, del filósofo Julian Baggini, con el juego filosófico de un cerdo que había sido modificado genéticamente con capacidad de hablar, y que quería ser comido. Esta era su gran ambición.

La historia es la siguiente.

“Tras cuarenta años de vegetarianismo, Max Berger se disponía a participar de un banquete de salchichas de cerdo, jamón, bacon crujiente y pechugas de pollo a la plancha. Max siempre había echado de menos el sabor de la carne, pero sus principios eran más fuertes que sus ansias culinarias. Sin embargo, ahora era capaz de comer carne sin cargo de consciencia.

El jamón, el bacon y las salchichas procedían de una cerda llamada Priscila que había conocido la semana anterior. Había sido genéticamente diseñada para poder hablar y, lo que es más importante, para querer que se la comieran. Priscila había deseado toda su vida acabar en una mesa, y el día de su matanza se despertó toda esperanzada. Le había contado todo esto a Max justo antes de dirigirse presurosa al confortable y humano matadero. Después de escuchar su historia, Max pensaba que sería irrespetuoso no comérsela.

El pollo procede de un ave genéticamente modificada que había sido “descerebrada”. En otras palabras, vivía como un vegetal sin consciencia de sí mismo, del entorno, del dolor o del placer. Por consiguiente, matarlo no era más cruel que arrancar una zanahoria. Pese a todo, cuando le pusieron delante el plato, Max sintió un amago de náusea. ¿Se trataba de un simple acto reflejo, provocado por una vida de vegetarianismo? ¿O era el indicio físico de una justificable aflicción psíquica? Sobreponiéndose, cogió el cuchillo y el tenedor…”

Fuente: The restaurant at the end of the Universe, de Douglas Adams.

Dialogando y filosofando con vegetarianos, respaldan el argumento de que sería inmoral, pues a pesar de su deseo de morir y ser comida, todavía seguía siendo un ser sintiente.

¿Y si creáramos una raza de cerdos sin capacidad de sentir, ni dolor, ni placer, tal como fuera una planta?

Este juego mental me parece interesante, por las implicaciones morales que de él subyacen.

Si defendiéramos que no deberíamos comer al cerdo, y, por tanto, cumplir su deseo de morir, deberíamos estar, consecuentemente, en contra de la eutanasia a nivel general, pues detectaríamos que precisamente no tienen la capacidad para tomar esa decisión, aunque su voluntad sea morir.

En el caso de la cerda, estaríamos poniendo nuestra voluntad por encima de la suya. Podríamos argumentar en esta postura, que puesto que ella no sabe lo que hace, no es racional, no tiene toda la información disponible… tenemos el deber moral de protegerla de sí misma.

Esta argumentación se basa sobre la premisa de que tal individuo, o en este caso, una cerda, no tiene la capacidad de raciocinio suficiente como para tomar ciertas decisiones. Por tanto, es necesario un ser que sí posea estas capacidades, para hacerse cargo de tales decisiones.

En consecuencia, concluimos que el segundo ser, con tales capacidades, es superior, al menos en cierto aspecto, al primer ser, pues tiene la capacidad de tomar ciertas decisiones en nombre del primer ser.

En el caso de la eutanasia, se me hace necesario revisar la argumentación que subyace, pues me parece similar a la anteriormente descrita.

A fin de cuenta, actuaríamos como seres moralmente superiores, y dada dicha superioridad, responsables morales de aquellos seres inferiores por su incapacidad de raciocinio y autogestionarse.

Esta postura necesariamente desemboca en que nos convertimos en jueces de determinar, quien es capaz de razonar libremente. ¿Pero quién juzgaría al juez?

Mi pensamiento me lleva a otros derroteros.

Pienso en las mujeres musulmanas, las cuales llevan el “burka” por razones culturales. Para nosotros, los occidentales es esta una postura que debemos erradicar, en pos de la libertad de las mujeres.

Pero, ¿y si son las mujeres las que voluntariamente deciden llevarlo?

Podríamos aducir buenos argumentos en favor de la libertad, como que no son tan libres de decidir, viven condicionadas social y culturalmente desde que nacen.

Me propongo analizar los argumentos que subyacen, razonamiento el cual es trasladable a otros temas.

Partimos de la base que llevar burka está mal

Almenos, desde nuestra perspectiva occidental.

Esto se argumenta de la siguiente forma.

Puesto que el burka es una imposición cultural y religiosa, las mujeres afectadas no tienen derecho a elegir libremente sin temor a las represalias por su negativa.

Esta situación es propia en este caso de la religión musulmana, donde existe un claro predominio del hombre frente a la mujer. Esta es supeditada al hombre, como una extensión de este.

Hasta ahora me he limitado a exponer unos hechos desde nuestro punto de vista de la situación

Partiendo de la anterior argumentación, parece,  que se está coartando la libertad de las mujeres injustamente y sin razones de peso visto desde occidente.

Por otra parte, encontramos que muchas de estas mujeres se ponen el burka de manera voluntaria, pues son creyentes en la religión musulmana y no ven problema alguno al respecto.

Claro, que cabe preguntarse, o preguntarles hasta qué punto esto es fruto de su raciocinio o bien de una determinación cultural y religiosa aprendida desde el nacimiento

Encontramos, por tanto, que en sus países de origen, la legislación les obliga a llevar un vestuario específico.

En este punto podemos estar a favor o no de dichas leyes, y consecuentemente a favor de la derogación de las mismas a nivel estatal y religioso.

Es más, el debate conduce inequívocamente hacia sí sería legítimo y moral, inmiscuirnos de forma activa para cambiar algo que a nuestro parecer es injusto, pudiendo coartar parcialmente la libertad de otro país a legislarse a sí mismos.

Pero dónde está el debate es dentro de nuestras fronteras.

¿Qué debemos hacer como adalides de la libertad ante las personas, y más concretamente las mujeres que deseen, como hemos dicho antes, llevar el burka en nuestro territorio, ya sea por unas u otras razones?

¿Debemos prohibirles su uso tajantemente en espacios públicos, coartando su libre decisión de llevar el vestuario que prefieran, o bien permitir y aceptar que las diferentes culturas tienen otras características, aunque no nos gusten en absoluto, y aceptarlas en su totalidad?

Esta aceptación, claro está, siempre y cuando se cumplan las leyes territoriales. Recordemos que estamos tratando el tema del burka, y no así otros como el maltrato sistemático a la mujer u otros aspectos de la cultura que en nuestros territorios están penalizados por la ley y no son legales.

¿Hasta qué punto sería legítimo que nosotros no coartamos su libertad de llevar burka en nuestro territorio, pero si debieran llevarlo las mujeres que viajan a su territorio?

Así pues, se podría considerar que estamos siendo coartados de nuestra forma de vestir, de elegir libremente qué llevar.

Pero pese a que a nuestros ojos, tengan una conducta represora, la pregunta aquí es: ¿hasta dónde queremos llegar con la nuestra?

Pues nosotros, evidenciamos que las otras culturas, en este caso la musulmana, tienen menos libertades. Los occidentales tenemos mayores libertades, y por ende, deberíamos otorgar estas libertades a los demás. ¿O no?

Depende de nosotros, cambiar aquello que es injusto, pese a que no nos atañe directamente, o bien son estos países los que deben evolucionar a nuestros ojos, y cambiar las leyes al respecto, siendo así más laxas.

 

Concluyendo

Termino aquí con mi conclusión. La imposición externa de una determinada conducta no cambia la propia conducta, por argumentación o convencimiento, sino que lo hace a través de reforzadores. Una vez estos desaparecen, la conducta inicial es probable que se vuelva a llevar a cabo. Por tanto, deben ser ellos quienes lleven a cabo sus revoluciones, su evolución y sus cambios. Pues de lo contrario, tan solo estamos imponiendo unos ideales e ideas efímeros.

Es mi propósito plantear preguntas, y termino con más preguntas que respuestas, pues estas son esquivas al menos de una forma contundente.

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