Escala de grises

¿Por qué no nos entendemos entre los humanos?

En el presente voy a hacer explícito un problema de la sociedad actual y el colectivo, el cual llevamos lastrando tiempo y que nos impide avanzar.

Este acto se produce a cualquier escala.

Está intrínsecamente relacionado con el anterior artículo sobre el cuestionamiento de las creencias.

Y el problema base es nuestra indisposición a admitir críticas sobre ciertos temas enraizados en nuestro ser. Cuanto más integrados, mayores son nuestras reticencias.

A nivel individual, este pensamiento nos limita enormemente. Y la podemos trasladar a múltiples ámbitos hasta llegar, tal vez, al ámbito más importante en nuestra sociedad y como colectivos: la política.

Aquel ámbito donde se dictamina sobre la vida de las personas

Son, pues, las personas con las más altas capacidades las que deciden sobre la vida ajena.

Y en apariencia, tampoco pueden sentarse a dialogar.

Son pocos los debates entre políticos en las cuales se razonan las premisas sin caer en ninguna falacia, manteniendo el tono y respetando a sus iguales.

No me entra en la cabeza su incapacidad para hablar desde la razón, que no desde la emoción, como es común, con los demás políticos y dirigentes.

Lo más común es una argumentación, seguidos de una serie de recriminaciones sobre conductas pasadas, presentes o futuras, para dar paso al siguiente orador.

Parece incluso que el que más alza la voz, es aquel que tiene la razón.

Pero en ningún momento existe una actitud genuina de escuchar al de enfrente, de aprender de él, de cuestionar lo propio.

Es o blanco o negro. No existe escala de grises.

Por tanto, y muy a mi pesar, algunos encuentros o debates se fundamentan no en cuál lleva una mejor argumentación en su razonamiento, sino en aquel que gana o pierde en función de lo mal que esté el “adversario”

Se entra por ende en una vorágine destructiva donde cada uno tiene una línea marcada, incapaz de cambiarla o cuestionarla, ni de hacerla evolucionar, donde el objetivo es destruir al ajeno, en lugar de construir junto con él.

Cada uno hace lo suyo en solitario, en lugar por trabajar conjuntamente por aquello por lo cual existen: el bien del ciudadano.

Es la actitud propia de “o estás conmigo o contra mí”, donde cada uno es aquel que regenta la verdad, donde el otro es el enemigo a batir, donde procede a una lucha encarnizada por denotar que “nosotros” somos los buenos, mientras que “ellos” son los malos. No parece haber un término medio.

Y esto es la actitud más peligrosa: creerse sabedor, sin aceptar la posibilidad de que no estemos en lo cierto, sin aceptar críticas ajenas, sin capacidad de admitir que podemos estar equivocados, sin que esto nos afecte negativamente, sino bien al contrario.

Los dogmas hacen más daño que las balas.

Desgraciadamente, hay personas que se identifican hasta tales puntos, que llegan a identificarse con aquella identidad.

Es más fácil de que me convenzas de que hay vida en marte, de que la tierra es redonda.

Entiéndaseme, es un ejemplo. La primera premisa no implica ni modifica mi autopercepción, pero si soy terraplanista, admitir que la tierra es redonda, conlleva admitir que he vivido en una inopia intelectual, llevándome al desmoronamiento de mi ser tal y como lo conozco.

Y como hablamos en anteriores artículos, no todos están preparados para semejante desafío.

El desafío de cuestionar la propia identidad, ideas, y al propio ser.

Y aprender en el proceso.

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