El fuego

Desde los albores de la humanidad, desde que se encendió el primer fuego, la humanidad ha pasado a internalizar el fuego como algo intrínsecamente ligado consigo mismo.

Cuando miramos el fuego, la mirada se atrapa, te colapsa.

Ese extraño magnetismo que transmite la llama.

Su capacidad de destrucción es absoluta. Tiene la capacidad de reducirlo todo a cenizas, de destruirlo todo a la nada absoluta.

Aunque, por otra parte, tiene la capacidad de crear, o mejor dicho, destruir para dar paso a un nuevo comienzo.

En la antigüedad, el fuego era un símbolo sagrado y divino. Se le atribuían propiedades curativas, para cocinar, calentarse o la industria.

Se utilizó también como herramienta destructiva, con las armas y la guerra.

El fuego es un símbolo, asociado a la renovación pero también a la destrucción.

Así pues, cuando un fuego exige su ser delante de mí, no puedo sino quedar absorto en mis pensamientos, con una sensación de paz, calidez relajante.

Me pregunto que sintieron los primeros humanos ante semejante fuerza de la naturaleza, en los primeros intentos de domesticación de lo incontrolable.



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