La infocracia y Platón

Hace ya más de 2000 años Platón escribió la alegoría de la caverna.

En ella explicaba como unos hombres se hallan encadenados en una caverna desde su nacimiento, frente una pared, sin poder mirar lo que tiene a su espalda, ya que están encadenados a un muro situado detrás de ellos.

No pueden moverse y siempre están viendo la pared de la caverna. Justo detrás del muro, a cierta distancia hay una hoguera que ilumina la zona.

Entre la hoguera y el muro hay un pasillo, donde pasan hombres y mujeres portando objetos, de modo que lo único que pueden ver los prisioneros es la sombra de los objetos proyectada en la pared.

Esta sombra, es su verdad.

Sin embargo, el conocimiento de los prisioneros se encuentran supeditado a aquellos objetos que los portadores quieren enseñarles.

Y e aquí donde se une.

En esta narración, los medios de comunicación serían aquellos portadores de objetos, mientras que nosotros seríamos, en cierto modo, los prisioneros encadenados y forzados a visionar la información que los medios nos quieren enseñar.

Por supuesto, nosotros nos creemos libres y poseedores de la verdad.

¿Cómo nos influyen?

La respuesta a esta pregunta es un tanto inquietante: por conocernos mejor que nosotros mismos.

Los algoritmos, siervos encargados de recopilar datos sobre nuestras actividades, acciones, gustos y preferencias.

Saben qué noticias nos serán afines, y cuáles no.

Aprenden sobre cuando y como mostrarnos según qué noticias.

Cuáles tendrán mayor engagement y nos serán más “útiles”, aunque la pregunta sería “útiles para quien”.

Nos ofrecen noticias sesgadas a nosotros mismos, a nuestra burbuja-ego, porque lo que importa no es la veracidad, sino el tiempo de consumo. Y hay que aumentarlo a toda costa.

Como resultado, entramos en una “infoburbuja”, como denomina el filósofo Byung-Chul Han en su libro “Infocracia

Nos rodeamos progresivamente de ideas afines, desechando aquellas con las que nos molestan o no son de nuestro agrado.

Nos autosesgamos, o mejor dicho, nos dejamos sesgar voluntariamente a cambio de no tener que confrontar nuestras ideas, de reusar el debate y como consecuencia, obtenemos una falta de pensamiento crítico, y tenemos un pensamiento de enjambre.

Cada vez nos afianzamos más en nuestras ideas, pensando que las demás son erróneas, y cada vez el discurso racional pasa a ser un discurso tribal, donde integramos las ideas en nuestro “yo” y pasan a ser parte de nuestro ser. Por tanto, es difícil cuestionar algo cuando es parte de nuestra identidad.

Actualmente, se trata de hacer tribus. Estamos perdiendo la capacidad de escuchar a los demás y poder discutir racionalmente. Ahora lo hacemos desde la emoción.

Y los medios aprovechan la situación.

Así, los medios nos ofrecen la información subjetiva, que saben que aceptaremos de buen grado y que acrecienta nuestras creencias.

Porque nos gusta sentarnos a ver las sombras, que otros se encarguen de portar los objetos.

Ellos controlan la información, y la información es poder.

No pueden actuar directamente sobre nuestra forma de pensar, pero nos pueden bombardear con ideas y noticias que inclinen la balanza hacia un lado u otro.

Así, es como los medios influyen en las democracias.

Influyendo en las personas, haciéndoles creer que las ideas brotan de su interior, cuando nada más lejos de la realidad.

Piensa. Cuestionate. 

¿Son tus ideas por voluntad propia, o bien no sabes por qué crees lo que crees?

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